Si hubo un bar en Toledo que resolvió –sin tapujos ni complejos– el reto de difundir e impregnar de nuevas realidades musicales el a veces anquilosado panorama, fue el Macondo. Toni, el hondureño vagamundos que, después de recorrer media Europa con una mochila al hombro buscando algo indefinible pero acuciante, había dado con su alegría en estas calles, llegó con una vaga idea en la mente: abrir un local de salsa en el corazón de nuestra rancia y estirada ciudad.
Resultó un éxito desde el principio. Su cercanía, sencillez y simpatía fueron lo que siempre han de ser esas virtudes: puerta abierta para la amistad y el encuentro. Y así estuvieron más de diez años, Toni y su bar, abiertos al compadreo y la parranda, al jolgorio y la intimidad, al bullicio y la confianza.
El laberinto toledano ha tenido desde antiguo la cualidad de franquear sus macizas murallas a todo visitante, pero ¿cuántos de ellos han quedado atrapados irremisiblemente dentro de sus muros? Estos innumerables y satisfechos prisioneros, y una gran mayoría de jóvenes oriundos, comprendimos bien pronto las bondades y lisonjas que traían los vientos cálidos del Caribe, y como una nueva raza de conquistadores conquistados nos fuimos dejando caer por aquella ardiente barra para, entre sus paredes, abandonarnos a la seducción de otros lenguajes, otras caricias, nuevos ritmos, arrimos y contoneos de concupiscencias salutíferas, desinhibidoras y ecuatoriales.
El moje sabroso de la salsa de Rubén Blades, Gato Barbieri o Tito Puente se mezclaba gozoso con las buenas tajadas que aportaban el soul de Otis Redding o Marvin Gaye y el bluesrock de los Blues Brothers, influencia benéfica de su gran amigo, Bartolo.
En aquella choza con olor a yuca y malanga, hecha de barro y cañabrava, en que mutaba el Macondo todas las noches, se producían acontecimientos propios solamente de un mundo prodigioso, húmedo, en el que la voluntad de los hombres y mujeres que lo poblaban quedaba sometida a las leyes oscuras y salvajes de las selvas vírgenes, mientras los hermanos de Toni, Octavio y Leonardo, ponían de beber y de bailar a ese todotoledo infectado de extrañas fiebres tropicales, pero consciente y orientado.
Al mismo tiempo, en Guadalajara, Méjico, la familia Sauza se preguntaba con extrañeza por el destino de las tres cajas semanales de tequila blanco que salían de sus bodegas en dirección a Toledo, España. Era 1986 y aún no se había desatado en nuestro país la pasión alcohólica por el destilado del agave mejicano que causaría furor años después.
Toni era maya y español, culto y reposado como su tequila. Tuve muchas ocasiones de compartir con él la especial idiosincrasia de los pueblos del Caribe, esa mentalidad en la que lo mítico se mezcla con la sabiduría popular y las religiones. Hablábamos de la sensualidad magnética de la mujer mestiza, de la sexualidad atávica exudada de su piel y su carne perturbadoras. Me contó de algunos coroneles que había conocido en las costas exuberantes de manglares de Honduras y Nicaragua, y que –aun muchos años después de terminadas sus guerras– seguían esperando que el Estado les escribiese con la anhelada noticia del pago de la pensión por sus servicios a la patria.
Y claro, también estaba Macondo, esa delicia narrativa, ese Don Quijote americano con que nos había encandilado don Gabriel García Márquez en sus Cien años de soledad, y que comentábamos con la pasión y el entusiasmo del adepto a una secta; como fieles habitantes de un Macondo trasladado a todas las ciudades, a todos los países, donde seríamos y éramos espectadores asombrados de fenómenos que ya sabíamos no tenían nada de paranormales, sino de realidades mágicas que alimentaban la profunda convicción de que la vida misma lo era, y que en cualquier momento de aquellas noches podía suceder algo prodigioso e inexplicable.
Así sucedió por fin. He olvidado el mes y el año. El bar comenzó a poblarse de mariposas amarillas revoloteando ante nuestros ojos y una enigmática lluvia de diminutas flores olorosas cayó suavemente sobre toda la clientela, algunos parroquianos se elevaron temblorosos unos centímetros del suelo, mientras los gallos de pelea alborotaban bajo las mesas y los guacamayos anillados con peces de oro entablaban un alocado diálogo en latín. Toda la sala se impregno de un dulzón olor a almizcle.
La Policía Municipal apareció entonces, venían reclamándonos la hora, pero se quedaron con nosotros en amena charla hasta el amanecer. En un rincón, Pedro Navajas sonreía haciendo brillar su famoso diente; afuera, llovía y llovía sin parar, el viento exhalaba su huracán intentando derribarlo todo, mas nuestra ciudad de los espejos o los espejismos estaba hecha de piedra y nos fue concedida una segunda oportunidad sobre la tierra.
Viajé buscando islas aquel verano
de selvas rompiendo contra la arena
pesaba el gran machete de la pena
como recordar su pecho en mi mano.
Gritando su sagrado nombre en vano
abrí en el verde a tajos una vena
vía de sangre acre si su melena
hallase escondida bajo el banano.
Así pasaron fiebres y algún año
hasta que entré en la aldea un mediodía
a mostrar los secretos del estaño.
A Melquíades la gente acudía
y nunca en Macondo se sintió extraño
arropado en casa de los Buendía.

